Antojo de temporada

Tenía tiempo sin hacer un post o reseña pero no quiero que la memoria gustativa me juegue en contra con el paso de los días y me quede sin contar esta agradable experiencia. El pasado fin de semana para despedir al año viejo no podía faltar en mi mesa el gusto navideño de la cocina venezolana, así que me atreví a confiar en algunas de las propuestas que llegan por publicidad en Instagram.

De esta manera contacté a la gente de Malulú Bakery Bar, quienes amablemente, aún cuando les hiciera el pedido en tiempo justo, accedieron a prepararme varios de sus productos panaderos y de repostería para no dejarme con el antojo de fin de año. Y aquí les cuento la secuencia con la que fui degustando, por no decir devorando, la lista a continuación: pan de jamón, pan de guayaba, piñitas, manjar blanco con dulce de lechosa y piña, torta negra. 

Como es común un 31 de diciembre todo se hace desde temprano y a la carrera… pues algunas cositas –planeadas o no– suelen quedarse para última hora. Así que después del corre corre, todo listo y montado en el carro, iniciamos el viaje a nuestro destino en la montaña, a dos horas aproximadamente de la ciudad capital Santo Domingo.

Cuando el tráfico se fue haciendo más lento, embotellado por la proximidad del peaje, pensé que era el momento ideal para hurgar entre las bolsas de lo empacado a ver qué alcanzaba para picar y paliar el hambre –de desayuno y almuerzo juntos– que ya comenzaba a sentir. Eureka! Se asomaba una funda de papel más pequeña que el resto de entre los productos de @malulubakerybar (cuenta de Instagram).

Para mi sorpresa, eran unos pancitos dulces (piñitas) o «tunjas» como yo las conozco. La Sra. María Luisa las mandó de regalo y fue el presagio de un buen cierre de año cuando le pegué el primer mordisco. La suavidad, ese punto mínimo de la masa chiclosa, el ligero dulzor coronado con una lluviecita de azúcar… fue como regresar a mi infancia y desayunar en la panadería Apolo 8 en Macuto, estado Vargas. Le devolví el gesto con un “muchas gracias” al WhatsApp, dejándole saber que ya tenía un cliente satisfecho. 

Ahora crecía la expectativa de los otros manjares en la bolsa, empacados por mí cuidadosamente para que no se fueran a estropear en el camino. Cenamos temprano, así que faltando un par de horas para las doce, piqué mi pan de jamón y unos cuadritos de queso Edam, el de la bola roja, que suele haber en las típicas comelonas decembrinas. La primera rueda de pan me la comí yo! Le di 20 puntos (lo mismo que 10/10). 

Con el amanecer de año nuevo y una buena taza de capuccino, no tenía mejor opción para acompañar esas diez onzas de cafeína que el pan de guayaba… delicadamente envuelto para que, además de agradar a la vista, repeliera estratégicamente cualquier ejército de hormigas que pudiera estar merodeando. Y a los pocos minutos dije para mis adentros “bien pensado” –lo de la envoltura–, ante el dilema latente: ¿era pan de guayaba o dulce de guayaba con pan? refiriéndome a aquello que estaba comiendo y disfrutando.

Llegada la noche del primero y ya con menos ganas de cenar que la vez anterior, quizás por alguna motivación inconsciente de la popular dieta que inicia en enero, me dispuse a servirme un poquito del manjar blanco -una especie de panacota criolla- bañada por una mermelada de piña y lechosa con finos trocitos. Debo confesar que no la pude degustar en su máxima expresión, ya que la nevera casi congelaba, así que me la comí cuál raspadito a la salida de la oficina en Caracas. Eso sí, muy buena la mermelada -mantuvo la consistencia- y el efecto de cena ligera que buscaba fue bien logrado. 

Al día siguiente, como quien deja de último la mejor parte o porción de un plato, esperé a que bajara la temperatura y se colara la neblina por el balcón de la cabaña para prender la tetera y hacerme un tecito caliente que acompañara a mi pedazo de torta negra. No la voy a encasillar en el esquema de puntuación –creo que está por encima–, prefiero contarles que fue como cerrar los ojos y perderse en ese instante en que la lengua constató el buen equilibrio entre la suavidad y la humedad de la masa achocolatada, apartó a un lado los trozos de almendra, nueces, pasas borrachas y demás frutas maceradas para que las muelas hicieran su parte.

antojo venezolano

Y al abrir los ojos nuevamente con una buena bocanada de aire, dejé escapar un suspiro ensimismada por el sabor a casa… al terruño al que siempre podemos regresar aún en la distancia, a través de un plato.

Gracias a los artífices de esta memoria @malulubakerybar por tan invaluable experiencia a los sentidos. ¡Los felicito! 

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